Puerta del delirio

—¿Hacemos una carrerita?

—¿Quién me habla?

—El uranoscópido pegado al otro dintel de esta puerta. Y tú, ¿eres de aquí?

—No. Soy de Plutón.

—Algunos dicen que Plutón no existe.

—Como al amor plutónico.

—Platónico, querrás decir.

—¿Cómo has venido a la Tierra? ¿Nave Sideral? ¿Crucero Imperial? ¿Rayo Cósmico? ¿Teletransporte-ya?

—En meteorito. Desde Echidna, satélite del asteroide Typhon. Tremenda epopeya, oye.

—¿Y por qué has venido a la Tierra?

—Por casualidad. ¿Alguna vez has intentado pilotar un meteorito? ¿Y tú? ¿Cómo has venido y por qué?

—Yo viajo en Tiempo.

—¿En días, años, minutos…?

—Esos cómputos no tienen que ver con la materia temporal. Yo me deslizo a través del Tiempo, como una medusa en el agua. En cuanto a mi misión… esperaré a ver si eres de fiar antes de decir nada. A ver, ¿cuáles son tus planes, uranoscópido?

—Por favor, llámame Dodecaedro el Duodécimo. Y mi plan era echar una carrerita contigo. Pero no sé si al soltarme del dintel caeré hacia arriba o hacia abajo. No me llevo bien con la gravedad. Creo que padezco Gravitofobia.

—Aquí no hay problema. La gravedad no es asunto de gravedad ni reviste gravedad alguna. Pero no voy a competir en ninguna carrerita contigo. Verás, he viajado hasta aquí para escribir una novela y ganar el Concurso de Cosmos Confederados.

—¿Y has venido de Plutón para eso, blanca y brillante plutoniana?

—Mi nombre es Oficorsivalesíyaoquei. Una palabra de concordia, aceptación y entendimiento, que quiero hacerme un nombre.

—Creo que te llamaré Ofi.

—Y yo a ti Dod el Peludo.

—Si la carrerita no es viable te ayudaré con la novela. ¿Qué quieres que haga?

—De opinador.

—Opino que es un error que alguien de Plutón escriba una novela sobre los desconocidos terrícolas.

—Cierto. Un error. Así que si posees vista móvil vas a hacer de buscador, no de opinador.

—Vista móvil tengo, por supuesto. ¿Adónde la llevo y qué busco?

—Allá, delante de nosotros, hay un monasterio. Y en su interior… sí, por ahí… cruza ese patio, ahora recorre el pasillo… detente en esa puerta, ábrela y entra: en su interior, como ves, está la materia que necesito.

—¿Vas a escoger fragmentos de otras obras y hacer un collage?

—No. Eso ya está hecho. Lo que quiero es elegir a un par de autores para citarlos como referentes cuando me hagan entrevistas.

—Pues tendrás que documentarte mucho, estudiar sus biografías, época histórica, sociedad, etc.

—¡Qué va! Todo eso será su pasado. Yo quiero citarlos en presente.

—No lo entiendo muy bien, pero lo que sí tengo claro, clarísimo, es que si faltas a la verdad histórica el Señorío Cultilloso te va a crucificar.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Qué nombres te inventas! Pero no temas: A los componentes de ese Señorío les pesa tanto el seso que no pueden mirar otra cosa que sus ombligos. Carecen de vista móvil. Los textos de una plutoniana están a salvo.

—Resumiendo, ¿sabes ya a quienes he de buscar?

—A Góngora, que me gusta como suena: ¡Góng-gor-a! ¡La góngonera! ¡La gonra! ¡La górgonra! ¡La Góngora!

—Góngora es un señor. Veo su nombre escrito y su retrato.

—Pues Góngoro, a mí qué.

—Y por lo que veo, a su lado está un tal Quevedo.

—Pues añádeme a Quevedo. Y, y, y… Mira en la estantería de abajo: Frankenstein, ¡Góng-gor-o! ¡Frank-enst-tein! Acabo de descubrir mi pasión por las “enes”. Encuentra también el presente de Mary Shelley. ¿Has visto la sinopsis de Frankennnnnsteinnn o el Moderno Prometeo? Parece que sabe mucho de resucitar. Esta señora me va a venir muy bien.  

—¡Ay! ¡Qué mal te veo!

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