Pakita Holstein

Para Dolo.

—No sé ni como me he muerto.

Una bala sobrevoló una de las tres ventanas, que fueron envisilladas con esmero (preciosos motivos florales) y bombardeadas con mayor esmero aún. Sin detenerse, el proyectil llegó hasta la plaza, atravesó la garganta de Pakita Holstein y la dejó seca.

Pakita Holstein. Pakita en blanco y negro. Cara blanca y cabello negro y denso y fuertote, casco impenetrable, incluso para las balas. ¡Mira tú, qué lástima! El cuerpo no lo sé. Antes de abandonar su casa, había recogido su set de huida de guerras: el juego de sábanas, las joyas de madre, el reloj de padre, las partituras de las sonatas de Mozart (por si la sobrina…), el molinillo de café y las botas de invierno. Pocos minutos después, caía justo en el centro de la Königsplatz y sus pertenencias escaparon del hatillo, yendo a parar a manos de los legítimos herederos de manera práctica y sencilla: «El molinillo para mí». «Pues para mí las joyas». «¿Me quedo yo las partituras?»

Alles klar.

Ganaron los que argumentaron que todavía había tiempo para componer una misa corpore insepulto. En el interior de Marienkische hacía frío. En el exterior, el polvo sostenido, provocado por los últimos bombardeos, oscurecía la vida de las vidrieras. Verlangen, la sobrina, soltó el pato para enjugarse las lágrimas o teclear una escala de piano de moflete. El animal, viéndose libre, voló cuaqueando por encima del ataúd hasta posarse al lado de un angelote de yeso: aquellas alas eran como las suyas, a la fuerza tenía que ser su familia biológica.

El párroco tomó aire y su voz tronó sobrenaturalmente. ¡Ay, qué susto! Los creyentes se apresuraron a creer de verdad; Friedrich, el pato, sintió la punzada del amor divino hacia aquel angelote más feo que Pifien; al pino, que fue pino antes de ataúd, le nació la razón: «¿De dónde vengo?» «Del bosque». «¿Adónde voy?» «Pues al bosque, qué pregunta más tonta»; las vidrieras se iluminaron y las santas de vidrio celebraron un efímero concurso de belleza; finalmente, san Norbert y san Otto saltaron desde sus hornacinas con graciosa espontaneidad, sacrificando sus escayolas al olvidar su propia fragilidad. En eso, una segunda bomba se tragó las siguientes palabras del párroco y todos cayeron en la cuenta: nada de vozarrón milagroso, lo que pasaba era que los estaban bombardeando otra vez. Más valía darse prisa. ¿O qué?

Una columna tembló y las cuatro señoras que acompañaban a la familia se estremecieron asustadas bajo la atenta mirada del pato Friedrich. Este, desde su peana nupcial, bien pegadito al ángel de sus sueños, las observaba hacía rato ya, confundiendo sus graciosos vestiditos estampados con flores con una idílica pradera donde retozar con su ligue. De modo que, comenzó a picotear la argamasa que mantenía prisionero a su cisne angelical para alcanzar con él aquel paraíso encontrado.

El párroco recitaba, leía y cantaba a la velocidad de la luz. Les decía a su público que la muerte era un paso a una vida mejor… una vida mejor que no motivaba a ninguno de los presentes: «Prefiero esta vida peor».

Deprisa, deprisa, que vienen más aviones. Llegado el momento de la comunión, el prelado lanzó las obleas benditas como naipes en una timba y cada uno atrapó la suya de un bocado. ¡Venga, vámonos antes de que nos caiga una bomba!

En efecto. Otra bomba. La bomba. La madre de todas las bombas saltó de su bombardero correspondiente, apuntando a la cúpula de Marienkische sin importarle otra cosa que alardear de su puntería. En el interior, el cortejo fúnebre rezaba deprisa mientras recogía cada cual su propio hatillo de huída. Los libros del abuelo, la mantita de dar a luz, los cubiertos de plata, el pan… ¡Ay, el pan!

El pan, la debilidad de Friedrich. Desde su puesto de vigía, el pato imaginó su propia vida mejor, con el ángel en el jardín floral que hay ahí abajo, dándose miguitas de pan el uno al otro. Cuaqueó, a continuación alguna obscenidad y, sacando a relucir su lascivia, generó una onda de pasión tal que acabó de espabilar al ataúd de madera de pino.

Bombaza, Bombona, Bombota, Súper-Bomba, Bombamán o Bombagirl; el artefacto casi llegaba a su destino sin acertar a ponerse un nombre que la distinguiera del populacho bombil. Mientras el ataúd, tras escupir el barniz (le producía ardores), siguiendo el dictado de la razón, generó nuevas raíces y abrió un agujero en el suelo de mentira para enraizarse en el suelo de verdad.

Y por aquel túnel improvisado se deslizó el pino revivido y se deslizaron, nos deslizamos, todos los demás, como recogidos por el manto lascivo del hatillo del pato.

Poco duró el viaje hasta la Arcadia poética que el pato le había prometido a su prometido. Los recién llegados se atusaron los pelos y empezaron a organizar sus pertenencias por orden alfabético.

—Espero que sean vegetarianos —murmuró el pato.

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