LA PESADILLA DE ZASS EL CRUEL

Era la súbdita Arágnisis.

Arágnisis, por supuesto.

Caía el atardecer. La súbdita Arágnisis no tardaría en llegar con la cena. Por un edicto promulgado siglos atrás por Zuss el Abusón, cada noche una familia de Delirio estaba obligada a prepararle la cena al rey. Y los que no cumplían eran castigados con una carretera.

—¡Cariño! No nos quedan líquenes ni hongos ni musgo, y he soñado con apisonadoras y alquitrán: ¡Es una señal! ¿Qué vamos a hacer?

—Un sofrito de savia con ramitas bio espolvoreado de raíz deshidratada y salsa de cagarrutas de polilla. ¿Qué si no?

—¿Tenemos salsa, y yo sin saberlo? ¿Por qué me mortificas?

Las criaturas se esforzaban por agradar a Zass el Cruel.

No todas.

Aquel día Zass el Cruel amaneció malhumorado. No había dormido bien, estaba estreñido y se le hinchaban las ramas por sus problemas de circulación (savia espesa). De buena mañana ya había azotado a su despertadora, a medio día mandó torturar a los escarabajos peloteros y a media tarde aplastó personalmente a dos caracoles mimo que representaban: El Vaquero Joe Asalta el Tren de Oregón.

Zass el Cruel pisando caracoles mimo.

Arágnisis no tenía vocación de cocinera sino de arquitecta. Aún así, subía la cuesta hacia palacio. Solo de pensarlo a Zass el Cruel le daban arcadas, se le caían hojitas por las convulsiones, le dolían los anillos catorce y tres mil ciento veinte… ¿cómo deshacerse de la horrible bazofia de siempre? Sopa de charca tibia. Y con pelillos que perdía la descuidada.

¡Puag!

Y los pelillos cada vez más largos y gruesos que, como ella, crecían de manera asombrosa. Crecía grande y fuerte, de manera que Zass el Cruel no se atrevía a rechazar la sopa.

Loma abajo, a pocos metros del pie Zásstico, se adivinaba ya la presencia de Arágnisis y, tal vez motivado por la cercanía de la pesadilla, a Zass el Cruel se le ocurrió una idea: la Capa de invierno le serviría para esconderse de la giganta, deshacerse de la sopa y trasegar lo que de verdad le apetecía: un sorbete de resina y un buen pedazo de tarta de moho… con virutas de abedul, haya y abeto.

—¡Qué canibalada!

Capa de Invierno

El ayuda de cámara descolgó la Capa de invierno asiéndola por sus ojitos saltones, pero en cuanto esta rozó el suelo, enfadada por despertar en una estación que no le apetecía, se desplegó y voló fuera del bosque, a buscarse un destino más atractivo.

—¡Ahí os quedáis! ¡Me voy con un Capo que me hace mucha gracia!

A pesar de que se le fue la savia a los pies y se quedó blanco del susto, el leal ayuda de cámara trató de perseguir a la fugatriz. No lo consiguió, pero tropezó con Arágnisis, que subía la cuesta con las manos en los bolsillos. ¡Ah, que oportuna novedad!

—¡Sire! No trae sopa, ni nada.

—¡Qué bien! Por eso te perdonaré la deserción de Capa. Sírveme el sorbete y la tarta. Y que preparen la maquinaria. Mañana mismo le ponemos una carretera. ¡Por fin me desharé de la pesadilla! Y qué rico está esto. Lléname el plato otra vez.

No hubo un mañana para Zass. Ziss la Aterradora consumió la primera de sus cenas en honor a Zuss el Abusón y que Zass el Cruel tuvo el detalle de preparar: Rojiverde relleno de tarta de moho y virutas de abedul, haya y abeto… Sin pelos de Capa. ¡Qué lujo!

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