Hoy soy Mary Shelley

Mary Shelley, siempre en movimiento.

En el Jardín de las Decisiones, más allá de la Puerta del Delirio, detrás del Monasterio, casi llegando al río:

¡Hola! Esta de la foto, aunque no te lo parezca, soy yo, Mary Shelley. Eso he decidido hoy.  Y como premio, Dodecaedro el Duodécimo me ha encomendado la misión de encontrar a un par de colegas.

Deberían estar en la Biblioteca, en el estante Siglo de Oro, pero no… no los veo. Voy a tener que buscarlos. No deben andar lejos ya que sus textos están por aquí. Me acercaré al río. Sí. Me parece que los oigo discutir. Sin duda, deben ser ellos.

—¡Sal del agua, Góngora! No te lo repito más.

—¡No quiero! Además, no es agua, es mi nicho amniótico. Aquí estaré siempre a punto de nacer y no de morir, como el resto de los hombres.

—Si te quedas ahí, ¿qué va a ser de nuestro proyecto de conquistar el mundo literario?

—¡Pero si ha sido un fracaso! Hacernos pasar por Musos ha sido la peor decisión de la historia. A quienes he inspirado han pasado desapercibidos o se han suicidado. O ambas cosas.

—Porque eres un Muso obtuso y narcisista, naricépalo, narihondo, narisabidillo…

Quevedo, pecho orgulloso y dilatado frontispicio.

Ahí está Quevedo, junto al río. Parece que trata de convencer a Góngora para que salga del agua.

—No tienes en cuenta ni las aptitudes ni los gustos literarios de tus inspirables.

—¿Para qué? A todos los que me he acercado eran mediocres y autocomplacientes. ¡Y déjame en paz! Estoy muy ocupado tratando de aburrirme para integrarme.

—Aburrirse resulta agotador. No te lo recomiendo. Anda: sal de ahí. Vámonos a musear. Yo te enseñaré a no endilgarles solo el legado gongorible.

—Dirás gongorable que suena honorable, que no gongorible cuyo sonido es horrible.

—Vamos. Sal del agua. Solo tienes que hacer lo mismo que yo. Ya sabes que soy un inspirador incansable. Si parece que tengo el don de la ubicuidad: me presento, dejo la semillita de los ingenios, desaparezco y vuelta a empezar. Soy fecundo, fecundón, fecundazo, fecundérrimo. ¡Pardiez! Hay que ver lo que me sale del magín. Va. No lo pienses más. Vámonos de Museo.

—Que no, que no y que no. He decidido que inundaré este río límbico con lágrimas de Caronte desconsolado…

—Pesadito estás.

—Mis metáforas se precipitan al abismo olvidable…

A Góngora le pesan los siglos.

Está claro que son ellos. ¡Hala! Mira Góngora, qué cambiado está. Ánimo Mary, te toca intervenir y exponerles la oferta de trabajo que propone el uranoscópido. A ver cómo les entro:

—Uno que no sale a trabajar y el otro que derrama su semilla al tuntún, sin comprobar su efectividad. Qué manera de desperdiciar el talento. ¡Hola! Buenos días. Soy Mary Shelley. He venido para reconducir vuestra actividad.

—¿Quién ha dicho que es, Quevedo?

—Mary Shelley. La autora de Frankenstein o el moderno Prometeo.

—¿Una mujer escribió el Frankenstein? ¡No me mientas!

—Pues sí. Yo. Una mujer. Yo lo escribí. Y es una pena y una alegría.

—¡Claro! Para ti deberá ser una alegría que tanta gente crea que escribes tan bien como un hombre.

—Esa es la pena, Quevedo.

—¿Y la alegría?

—Que ya no me canso al subir escaleras, ¿tú qué crees? Poneos las pilas y seguidme; las tres tenemos mucho que hacer.

—¿Ha dicho las tres refiriéndose a nosotros tres?

—Eh… sí. Se habrá equivocado. Como es británica. ¡Eh! Mary Shelley, ¿por qué tendríamos que seguirte?

—Porque nos han ofrecido trabajar como Musas.

—¿Has oído? Nos ha llamado Musas…

—Somos Musos, no Musas.

—Por supuesto. A ver: Quevedo, deduzco que has sido un inspirador promiscuo, de los aquí te pillo, aquí te inspiro; de modo que, y esto quedará entre nosotras, está claro que no tienes constatación legal de ningún inspirable inspirado.

—¿Entre nosotras? ¿Te burlas de nosotros llamándonos nosotras o maltratas nuestro idioma a propósito o por ignorancia?

—Hola, Gong. Por fin me diriges la palabra, aunque sea para protestarme el lenguaje. Verás: como me tengo por mujer, uso el femenino incluyente. Os incluyo a vosotras en mi nosotras. Soy así de maja.

—Pero no me llames Gong.

—¿Cómo que no? Gong es una onomatopeya formidable para anunciar a lo grande la infame turba de nocturnas aves, gimiendo tristes y volando graves.

—¿Vas a recitar mis versos? Qué buena memoria tienes.

—Sí. La llamo Mnemosina, es delgada pero fuerte; por la noche me cuenta… Pero no nos desviemos del objetivo. Me han dicho que de aquí no te mueves. ¿Es eso cierto? ¿No sales nunca?

—Nunca. Gong es único encerrándose en sí mismo, enterrándose en su pantano metafórico…

—¡No me llames Gong!

—… acomodándose en su caparazón de laberintos encadenados. ¿Quién querría apartarse de sus fieros minotauros, minitauros, minimitauros y tauros de pitiminí?

Esto no va a ser fácil… ni breve… ni bueno.

—Atended: tengo un contrato de inspiración para las tres. Tres Musas para una sola inspirable.

—¿Y cómo vamos a hacerlo? ¿Las tres juntas o una detrás de la otra?

—Quevedo, si quieres utiliza tu masculino. No pretendo la sumisión de nadie sino libertad para todas.

—Responde y no me simplifiques más la existencia.

—Yo buscaré el mejor de los argumentos, Quevedo, tú lo modelarás a tu ingenio y semejanza y Gong creará un ambiente fantástico, fantasmagórico y mitológico sin complejos. Argumento, ingenio e imaginación. Eso seremos. Seguro que ganamos.

—¿Ganamos qué? ¡Y no me llaméis Gong!

—¿Es que no sabéis nada del Concurso?

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