Dagoberta

Aunque Dagoberto nació Dagoberta, fue Dagoberto para pasar desapercibida. ¡Ay los medievos y similares! Las niñas se venden como rosquillas y todos saben manejarlas: un porrazo aquí, un latigazo allá, un chúpamela y si no te quemo viva, ¿será bruja?

Dagoberto creció en masculino y ayudaba a su padre en la fabricación de flechas para ganarse el pan y la sal. Trabajaba rápido, así, cuando nadie lo veía, grababa en las astas diminutas caritas a su imagen y semejanza.

—¿Dónde, Dagoberta, has visto tu imagen y semejanza?

A falta de espejos (escasísimos en la casa Frey), Dagoberto había aprendido a memorizar su reflejo en los charcos y en las charcas, en los barreños, en las acequias, en el río lento y en el rápido, en las cascadas, en la jarrita de las flores, en el agua derramada, hasta en las gotas de lluvia y en los sudores de sus vecinos.

—¿Es verdad, Dagoberta, que a veces lloras para verte reflejada en una lágrima?

¡Qué gilipollez! Si Dagoberto se empeñaba en reflejarse en toda manifestación acuática, era porque tenía un plan. Suponiendo que la Tierra, al absorber el agua, se trague también su imagen, en cuanto saturase el núcleo del planeta con la repetición de su cara, este vomitaría un ejército de Dagobertos.

—¡Qué absurda invención!

Nada de invención sino pura deducción. Un charco con una imagen apareció un día después de la lluvia. Cuando la tierra se bebió aquellas aguas, hizo brotar todo un ejército de señoras de piedra. 

Así que, con la cantidad de reflejos que Dagoberto dejaba a su paso, el suyo sería desmesurado. 

Respeto, pleitesía, liderazgo… foco de atención. ¡Por fin!  

—¡Ilusa! Si el autor se hubiera fijado en ti, te habría dotado de un título de bastardo (él no sabe que eres Dagoberta y no Dagoberto) y te habría mandado asesinar en pestilentes y pegajosas circunstancias. 

Dagoberto no perdía la ilusión y siguió imprimiendo su rostro hasta en los orines.

—¡Puag!

Un día, su padre cayó enfermo y Dagoberto se vio obligado a sustituirle en una misión secreta, ordenada nada menos que por Lord Frey. A la hora convenida y con un cargamento de flechas fuera de lo común, le dijeron que se escondiera en la galería de los músicos del salón. 

—¡Qué emoción, Dagoberta. Vas a cometer algún acto narrable!

Pero, tras una espera interminable aderezada de música ensordecedora, le pidieron la carga y lo echaron de allí. 

De vuelta a casa, decepcionado como estaba, ni siquiera escuchó los gritos agónicos del King of the North, ni las súplicas de Catelyn Cadavezqueabrelabocamuereunstark, ni la promesa de venganza de Arya…

—Dagoberta, tú nunca te rindes.

Por supuesto que no. Dagoberta, en valiente femenino, abandonó el texto sin mirar atrás.

***

No tardó nada en encontrar una novela desierta. 

—¿Es esta la que quieres, Dagoberta?

Igual le daba una que otra. Aquella fue la primera que encontró. E. Edevane, devota de Lovekraft, la había escrito de tirón después de leer Dagon, y la abandonó a continuación sin ponerle título siquiera. 

Apartó marañas de enredaderas y, con un palo que cogió del suelo, hizo un hueco entre las telarañas. Perfilado de árboles delgados como astillas y cubierto de musgo, el camino que Dagoberta había descubierto desembocaba lejos, en una zona montañosa.

Suelo mullido, como de almohadones que expulsan malos sueños, guardándose para ellos los buenos. ¡Qué cabrones! 

Primer paso en blando, y los musgos  le sueltan un suspiro que recorre el cielo. Suspiro huracanado que despoja a las nubes de sus ropas, quedando al descubierto sus esqueletos asesinos. El sol, paralizado de miedo, balbucea cobardes chispitas pidiendo socorro. Dagoberta contempla su rostro en las gotitas de fuego que caen a su alrededor. 

—¿Y la verosimilitud?

Le importa un pepino la verosimilitud. Ahora es libre. Eso cree. Por poco tiempo. Muy poco tiempo.

La historia que Edevane quería contar tenía como protagonista a una exploradora alpina que, habiendo caído en una grieta del glaciar Morteratsch, sus compañeros de expedición la dieron por muerta y continuaron su camino.

Pues nada, a la grieta. 

¡Cómo refunfuñan los personajes cuando se les corrige la trama!

Se vistieron las nubes con grandes muestras de cachondeo y le devolvieron al sol sus atributos de sol. Este, con la dignidad hecha un parche, se fue orbitando despacito, lo más verosímilmente posible. 

Dagoberta dio un segundo paso y la vegetación que bordeaba el río se infló a su izquierda produciendo un gorgoteo feroz. Un rayo rezagado desveló las imágenes que la tierra regurgitaba. Los seres que salían del cauce del río nada tenían que ver con su imagen y semejanza. De las entrañas del río salían, muy despacio, enormes seres enmarañados de hierba muerta. El hedor de mil gatos ahogados le llenó los pulmones y el ruido metálico de sus garras raspando las piedras dejaron a Dagoberta paralizada de terror.

Pero solo un momento.

Enseguida se puso a correr monte arriba. Tenía que llegar a la grieta donde una alpinista había enterrado sus secretos.

Dagoberta, feliz, se sintió protagonista.

—¿Estás segura de eso, Dagoberta? ¿Y si los personajes principales fueran los otros?

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