Atrapar a un sinnombre

Cayó de bruces en cuanto el cursor rastreador le golpeó la pierna izquierda. En la oscuridad, el sinnombre rodó un trecho sobre las piedras romas, estirando ambos brazos por delante de su cabeza, temiendo verse mordisqueado de nuevo por el raptor. Se levantó atropelladamente. Volvió la cabeza hacia atrás y distinguió, por entre la cima, las lucecitas blancas que delataban a sus perseguidores. Nunca había visto a uno de ellos de cerca. Entre los suyos corría el rumor de que con las uñas de sus garras y con sus dientes afilados como agujas podían recortar, estirar, modelar y/o desencajar a sus víctimas.

Tal y como el raptor lo recortaba a él los días laborables.

Trató de calcular su número. Imposible. Se movían de manera desordenada. Algunos resbalaban por el terraplén a consecuencia de su alocada carrera y las luces de su cabezas describían órbitas que recordaban a un monstruo bizqueando. Quiso reírse, pero no lo hizo: pronto le acorralarían al borde de la isla. Le propinó una patada al cursor rastreador. El aparato cayó al mar.

El sinnombre se arrojó al agua y comenzó a nadar en dirección al continente, hacia los edificios cercanos a la playa. Allí encontraría ayuda. Y esta vez llegaría entero. Golpeaba las aguas con enérgicas brazadas, seguro de que en esta ocasión saldría con vida y conseguiría alargar su secuencia. Aquel día todo era diferente a su experiencia anterior. Ahora no tenía el hombro desgarrado hasta el torso por donde asomasen los huesos, ni un tajo que le abriera los músculos del muslo, dejando a la vista las desesperadas pulsaciones de su arteria femoral. No había olor a muerte y a putrefacción. Aspiró feliz el aroma marino al tiempo que descubría el sabor de la felicidad. Escuchó entonces el chapoteo de sus perseguidores a sus espaldas. El sinnombre experimentó por segunda vez el horror de verse perseguido y la ilusión de escapar. Sí. Esta vez era diferente. Su lapsus no empezaba con el cuerpo despedazado y moribundo.

Tal y como el raptor lo recortaba a él los días laborables. Trató de calcular su número. Imposible. Se movían de manera desordenada. Algunos resbalaban por el terraplén a consecuencia de su alocada carrera y las luces de su cabezas describían órbitas que recordaban a un monstruo bizqueando. Quiso reírse, pero no lo hizo: pronto le acorralarían al borde de la isla. Le propinó una patada al cursor rastreador. El aparato cayó al mar.

El sinnombre se arrojó al agua y comenzó a nadar en dirección al continente, hacia los edificios cercanos a la playa. Allí encontraría ayuda. Y esta vez llegaría entero.

Golpeaba las aguas con enérgicas brazadas, seguro de que en esta ocasión saldría con vida y conseguiría alargar su secuencia. Aquel día todo era diferente a su experiencia anterior. Ahora no tenía el hombro desgarrado hasta el torso por donde asomasen los huesos, ni un tajo que le abriera los músculos del muslo, dejando a la vista las desesperadas pulsaciones de su arteria femoral. No había olor a muerte y a putrefacción.

Aspiró feliz el aroma marino al tiempo que descubría el sabor de la felicidad.

Escuchó entonces el chapoteo de sus perseguidores a sus espaldas. El sinnombre experimentó por segunda vez el horror de verse perseguido y la ilusión de escapar. Sí. Esta vez era diferente. Su lapsus no empezaba con el cuerpo despedazado y moribundo.

— Cayó y una excavadora le pasó por encima -dijeron sus compañeros.

— Un raptor -le diría él a la doctora la verdad, antes de vomitar sangre, caer de la camilla y morir.

Braceó con más entusiasmo todavía. No comprendía lo ocurrido. Nada sabía de aquel cambio radical. Había pensado. Eso era. Había pensado sus propias palabras y con ellas expresado un deseo.

Otra historia.

Y de pronto todo era distinto. Era perseguido y desconocía lo que sucedería a continuación. Respiró agitado por el ejercicio. Qué agradable sensación la de poseer un futuro incierto.

Pocos metros detrás de él, los escritores tampoco escatimaban fuerzas por alcanzarle. Atrapar personajes fugitivos, a estas alturas, era ya una obsesión. El sinnombre, excelente moribundo con su biografía en blanco, huido de Jurassic Park, había necesitado una sola palabra: «raptor» para colocarse en la lista de los Diez más codiciados.

Y seguía nadando a contrarreloj, en busca de tiempo. Había oído de personajes que duraban doscientas, cuatrocientas, mil páginas o incluso más.

Alguien le rozó el costado derecho con una mano, intentando atraparle. El sinnombre se volvió, pero la luz blanca de la cabeza del perseguidor le cegó un instante. No pudo comprobar el asunto de los dientes afilados. Aún así se estremeció y nadó con mayor velocidad. De ningún modo iba a caer en manos de otro torturador. Sufrir y morir, sufrir y morir, sufrir y morir sin articular más de una palabra.

Yo no iba a permitirlo. Desde la playa, a la que muy pronto llegaría, le abrí las fauces de mi relato. Sin saberlo, el sinnombre atendía ya a la llegada de su nueva muerte.

O tal vez no.

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