Pícnic junto al camino

—¿Cómo? ¿Qué no has visto Stalker de Tarkovsky?

La pregunta y el tono humillante me hicieron enrojecer. No, no había visto aquella película de culto, confesé mi crimen. Ella, magnánima, sonrió y me perdonó la falta ya que la iba a subsanar enseguida: tenía el vídeo.

Vi Stalker sentada en una silla de tijera, después de una copiosa comida y con los correspondientes rebobinados para que Ella, poseedora del mando soberano, me explicara (entre cabezadas de barriguita llena) el significado de los objetos que aparecieron en la Zona después de la caída de un meteorito.

Y en eso quedó la cosa, hasta que años después, en una librería, tropecé con la novela en que se basó la película. Pícnic junto al camino, de los hermanos Boris y Arkadi Strugatski (que participaron en el guión de la película, junto con Tarkovsky).

¡Un pícnic alienígena y no un meteorito era el punto de partida para el desarrollo de la trama! Me imaginé (como el texto no lo detallaba, me lo inventé yo) un grupo de extraterrestres, nada ecologistas, descorchando sus botellones con sus boquitas alienígenas, tirando por ahí envases alienígenas de fast food alienígena, cambiando las baterías de su nave, manchándolo todo de lubricantes (o similares) y dejando tras de sí la nube tóxica resultante del acelerón de quien presume de su vehículo trucado: -Con esta nave, tío, voy a Saturno y vuelvo mientras tú te limpias los mocos.

En realidad la novela no describe a los extraterrestres, pero parte de la idea del pícnic. Los objetos dejados en nuestro planeta, al parecer sin ninguna intención manifiesta, constituyen el pretexto de la novela.

Después de acordonar la Zona de Visitas (el merendero), solo los stalkers se atreven a adentrarse en busca de los misteriosos objetos extraterrestres. Pilas, Vacíos, Brazaletes, Gotitas negras… componen el botín de objetos de índole tecnológico que interesan tanto a científicos como a mafiosos. La aparición de estos objetos y el descubrimiento de sus propiedades tecnológicas, tan eficientes como desconocidos sus mecanismos, genera una serie controversias en el comportamiento humano. La manifestación de sentimientos, temores, ilusiones, deseos y necesidades construyen la trama alrededor de estos extraños elementos. Se desata la avaricia de unos y entra en conflicto con el medio de subsistencia, que ser un stalker significa para otros.

Devoré la novela con entusiasmo. Desde sus páginas, asistimos al conflicto social que la posesión de estos objetos, inexplicables aún para la ciencia, genera entre la gente que vive alrededor de la Zona y las organizaciones que ostentan el poder. Distintas opiniones y muy distintos modos de vida. De fondo encontramos las diferencias sociales y la determinación de los stalkers a seguir frecuentando la Zona, aunque tengan que enfrentarse a las Ronchas de mosquitos o a la temible Trituradora de carne (cuyo significado se adivina solito, sin ayuda de nadie) para apoderarse de un botín incierto.

Pícnic junto al camino: una lectura impaciente cuyo recuerdo aún me emociona.

Por cierto, el hecho de que leyera la novela sentada en un sillón y no en una silla de tijera (como la que sufrí para ver el Stalker de Tarkovsky), no influye para nada en mi pasión por el libro más allá de la película.

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