El hombre que hablaba serpiente

—No juzguéis un libro por la portada.

¿Cómo que no? ¿Y privarnos del placer de pasear la vista por las mesas libreras para horrorizarnos con la portada hortera y dejarnos seducir por el arte del artista inspirado?

Ved la portada de El hombre que hablaba serpiente, editada por Impedimenta en 2017. ¿Cómo iba a pasar desapercibida? Troté hacia el libro y lo examiné con atención. La ilustración de la portada: un elfo posando con un par de amigotes búhos, podía parecer ingenua o infantil. O solapadamente malvada (observad la mirada perversa de los búhos). Leí la sinopsis: peculiares criaturas de bosque… muchacho que habla en serpiente… familia de recolectores… obra épica… mitología… Lo pagué deprisita y me fui con el elfo y los búhos debajo del brazo. Poco después, mi impaciencia y yo nos sumergimos de cabeza en la historia de Leemet, el último hombre en dominar la lengua de las serpientes.

«El bosque se ha quedado vacío.» Con esta frase, que anticipa el final, empieza Leemet, el protagonista y narrador, a contar sus peripecias. En un medievo muy particular, las tribus del bosque empiezan a trasladarse a las aldeas cristianas para ponerse al servicio de «los hombres de hierro» (caballeros teutones). Para diferenciarse de los que prefieren permanecer en el bosque, los aldeanos abandonan sus costumbres y habilidades, llegando incluso a cambiarse de nombre. A Leemet le sorprende esta pérdida de identidad a la que se van sometiendo unos tras otros. Él permanece en el bosque y observa, igualmente sorprendido, a quienes obedecen ciegamente las tradiciones ancestrales dictadas por el druida. Dos sociedades distintas cuyas leyes y creencias son defendidas con la misma irracionalidad fanática. Irónicamente, solo los entrañables monínidos viven sin causar mal ni bien, al margen de cualquier atisbo de civilización.

Leemet piensa que, para conservar el bosque tal y como ha sido siempre, debe aprender serpéntico. Considera que la pérdida de esta lengua antigua, común a todas las criaturas, precipitará su destrucción. El serpéntico se sisea (no es fácil, pero tener una lengua bífida ayudaría); con emitir unos sonidos básicos, liebres, ciervos y demás moradores, se prestaban voluntariamente a ser sacrificados para llenar las despensas de los grupos tribales que poblaban el bosque. El conflicto se establece, precisamente, cuando los habitantes del bosque olvidan el serpéntico y se dejan seducir por las costumbres de los extranjeros.

Kivirähk, nacido en Tallin en 1970, reflexiona sobre la historia de Estonia a través del bosque como metáfora. Quienes abandonan su hogar, renunciando a su propia identidad, sustituyen los mitos y seres fantásticos que conformaban la vida cotidiana por la veneración que se dispensará a los hombres de hierro, a los conquistadores. Identidad y tradición entran en conflicto y Kivirähk vuelca sus reproches sobre los aldeanos (referente de sus conciudadanos) y su actitud voluntariamente esclavista.

La novela me resultó atractiva por muchos motivos. El sentido del humor y el sarcasmo en los diálogos son elementos que siempre me atrapan. Los personajes nada comunes (lo leeréis en la sinopsis del propio libro): osos seductores que aprovechan sus encantos (¿quién dice no a un peluche?) para meterse en las camas de señoras y señoritas; fanáticos predicadores y druidas que atacan y se defienden con argumentos ridículos; pastores ordeñadores de lobos; monínidos criadores de piojos, una comunidad de serpientes regidas jerárquicamente y un etcétera de raros y curiosos, mantuvieron mis cejas en posición de asombro a lo largo de la lectura. Además, la acción: brutales batallas y asedios a castillos; la aventura: incursiones en aldeas, viajes a lugares desconocidos; los hechos que se encadenan sin tregua, regalándonos imprevisibles giros en la trama, es otra de las razones para leerla.

Al acabar, cerré el libro y volví a contemplar la portada. El artista que me sedujo: Richard Doyle (1824 – 1883), ilustrador de la época victoriana y tío de Sir Arthur Conan Doyle (lo que son las cosas), jamás conocería la novela de Kivirähk (a menos que la máquina del tiempo…). Sin embargo se las arregló para captar mi atención desde su posición, entre un mar de libros tratando de hacer lo mismo. En fin, me llevé a mi casa una novela, para mí imprescindible, y una ilustración que me encanta.

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