El diccionario de Lemprière

—¿Norfolk? No lo conozco y no me interesa. Yo no compro novelas que no me hayan recomendado personas de mi entera confianza.

Pensé que si el destino (o quien fuera, igual de agradecida le estaría) aniquilaba a mi colega en aquel mismo momento, exceptuando a los Tres-Más-Vendidos, no habría luto en la comunidad de escritores.

El diccionario de Lemprière, supongo que tras escuchar las funestas palabras de mi acompañante, me prometió solemnemente más de 600 páginas de imaginación dickensiana, de intrigas paranoicas, de siniestras conspiraciones, de erudición y mitología.

Y lo cumplió.

Aunque la novela no es biográfica, la historia parte de la redacción del Classical Dictionary por el auténtico lexicógrafo y teólogo John Lemprière (1765, Jersey – 1824, Londres).

En las primeras páginas, encontramos al joven John estrenando con asombro sus primeras lentes.

—Bienvenido al mundo visible.

Al mismo tiempo, Lemprière cobra visibilidad ante los ojos del lector: empieza la obra.  Condicionado por su propia erudición, el joven protagonista analiza los hechos que le acontecen en la realidad estableciendo paralelismos con el mundo mitológico. El mero hecho de probarse las lentes se traduce en todo un listado de sabios, eruditos y seres mitológicos que tuvieran que ver con lentes pulidas en la antigüedad.  

John Lemprière recibe sus lentes y se lanza al mundo armado únicamente con su bagaje de conocimientos. Tras la muerte de su padre, se traslada a Londres para investigar ciertas irregularidades en la herencia familiar, actividad que comparte con la composición de su diccionario.

Una vez instalado, Lemprière comenzará sus pesquisas y descubrirá la relación que tuvieron sus ancestros con la Compañía de las Indias Orientales y, por ello, se verá perseguido por sicarios de la Cabbala. Por otra parte, a través de Septimus, personaje con quien traba amistad, Lemprière participará de la vida londinense en su más delirante versión, acudiendo a extravagantes reuniones en el «Pork Club». Allí volverá a encontrarse con el amor de su vida: Juliette, quien parece ser hija de Lord Casterleigh, uno de los dueños de la citada Compañía de Indias.         

Perseguido por sicarios, seducido por personajes de apariencia mitológica, invitado por los aristócratas del «Pork Club»… Lemprière se ve obligado a interrumpir su obra magna para descubrir qué secreto familiar relaciona su familia con la poderosa Compañía de Indias y para rescatar a Juliette, personaje que, como el resto, mantiene una actitud ambigua hacia el protagonista.

Resulta difícil categorizar la novela ya que participa de distintos géneros; es novela histórica, es thriller, es novela gótica y tal vez sea algo más. Y de toda esta amalgama de géneros, yo destacaría el coqueteo con el género fantástico. Norfolk combina historia real, mito y conspiraciones a través de un número infinito de personajes que se agolpan en abultados capítulos. Creo que algunos de ellos, agobiados por la multitud, escaparon de la obra en un descuido del autor. Los que optaron por quedarse, los más histriónicos, se encargan de confundir al protagonista y a los lectores con sus intrigas y puestas en escena de crueles temas mitológicos. Además de una trama compleja y bien nutrida de subtramas, el fabuloso despliegue de mitología clásica al servicio, tanto de los conspiradores como del propio Lemprière, la ironía irreverente con que reviste a sus personajes y los alucinantes espacios y ambientes que prepara para el desarrollo de los acontecimientos, dotan a la novela, en mi opinión, de una calidad extraordinaria y la capacitan para siguientes relecturas.

Cuando terminé esta lectura impaciente, fijé el nombre de Lawrence Norfolk en mi memoria. ¡Qué buen descubrimiento! Y he ido adquiriendo sus posteriores trabajos. Mereció la pena entablar relación con la novela de un perfecto desconocido.

Mi colega sigue viva y amontonando tomos de los Tres-Más-Vendidos. ¡Que Zeus la confunda!

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