Conversaciones con mi enano de jardín

¿Quién no se ha sobresaltado alguna vez al descubrir que un enanito de jardín te mira a tus espaldas sin tramar nada bueno? Esos peluches de yeso, creados a imagen y semejanza de los de Disney, me inspiran simpatía (pobres siete que abandonó la pérfida Blancanieves) o terror cada vez que amplían su sonrisa psicopática en mi dirección.

El enanito de la portada, en la versión de Seix Barral de La Fissure (título original de la obra), me atrajo por su postura dialogante (espatarradito en su sillón y jarra en mano), tal y como anuncia el título en castellano. Un título y una portada que, al concederle tal protagonismo a la figura del enano, se lo restan al verdadero motivo de la trama, que es la fisura en la pared. Pero bueno, eso no rebaja para nada el placer de una lectura impaciente que, como un antibiótico, me acompañó en desayuno, comida y cena.

Didierlaurent nos presenta a su protagonista, Xavier Barthoux, derrochando grandes dosis de humor maléfico. El señor Barthoux, su señora, su perrita y su hijo intermitente forman una familia que no se sale de lo común. Sin embargo, muy pronto, la vida anodina de este representante de enanos de jardín cambia radicalmente cuando descubre una fisura en la pared de su casita de campo. A partir de ese momento, su obsesión por tapar la grieta empieza a trastornarle hasta el punto de entablar una relación de dependencia con su enano de jardín. Juntos descubrirán que la fisura aparecida en la casa es mucho más de lo que parece a simple vista; es el elemento de unión con sus antípodas. Xavier Barthoux toma las riendas de su vida y la historia da un giro radical.

La idea de una grieta que une lo conocido con lo desconocido resulta la mar de atractiva para todo lector, especialmente para los amigos de Doctor Who; y Didierlaurent la resuelve valientemente, transportando al lector más allá de lo sensatamente esperado. En su rebelión, el señor Barthoux experimenta con sus acciones, poniendo en tela de juicio hasta los propios pilares de la sociedad actual. El tono fresco del lenguaje, la presentación de escenas cotidianas que el protagonista resuelve con modos nada ortodoxos y el carácter entre bronco y jocoso del enano de jardín, me mantuvieron con las gafas pegadas al libro hasta dar con el final. Destacaré, además del misterio que encierra la grieta, la participación, fantástica si se quiere, del enano de jardín: el elemento que el señor Barthoux necesita para tirarse de cabeza a explorar sus propios sentimientos sin temer los resultados.

Conversaciones con mi enano de jardín, es una lectura agradabilísima, de hamaca y refresco si se puede (como se indica en la portada de Seix Barral), relatada con grandes dosis de humor y describiendo peripecias que se escapan de la realidad que nos tiene prisioneros. Es también una lectura reflexiva cuyo desenlace, totalmente previsible, no sorprende en absoluto. La sorpresa está en las consideraciones que asaltarán al propio lector.

Después de esto, ya no puedo mirar las grietas como las miraba antes. Ni tampoco los enanitos de jardín.

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